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Critical Mass
Por Robert Guzmán

Feliciano, Vandalismo y Educación

El pasado primero de mayo varias organizaciones obreras convocaron un paro general en protesta por los planes del gobierno de Puerto Rico de despedir empleados públicos en sus esfuerzos por enderezar las finanzas del estado. Entre los líderes participantes estuvo el presidente de la Federación de Maestros, Rafael Feliciano.

Al medio día de la actividad, una radio periodista de Noti-Uno 630 entrevistó a uno de ocho jóvenes que se cubrían sus rostros con mascaras. Al preguntarle a uno de los jóvenes el porqué de sus máscaras, éste dijo que era para protegerse de los cerdos. Cuando la periodista le pidió que aclarara, el joven dijo que los cerdos eran los policías y que se tapaban la cara para que no se pudieran tomar ‘represalias’ en su contra. También se identificaron como estudiantes de la UPR que pretendían apoyar a los manifestantes.

Un par de horas después la misma periodista pudo ver la verdadera razón por la que los jóvenes querían ocultar su identidad. A eso de las dos de la tarde, un grupo de cerca de ocho estudiantes de la UPI se dieron a la tarea de vandalizar las oficinas del Banco Popular de Hato Rey. Escribieron palabras soeces y todo tipo de poca-vergüenza, criticando tanto al gobierno como al banco mismo. Mientras los delincuentes dañaban propiedad ajena, cerca de 15 policías estatales se hacían de la vista larga.

Cuando la periodista en cuestión le preguntó a uno de los agentes porqué no intervenía con los vándalos, el agente sencillamente dijo que tenía instrucciones de atender el tránsito nada más. Aparentemente, los agentes habían recibido instrucciones de evitar confrontaciones a toda costa.

Mientras estos jóvenes ejercitaban su libertad de expresión, en las paredes del Banco Popular otros líderes obreros le gritaban asesino al Superintendente de la policía de Puerto Rico, mientras éste intentaba conceder una entrevista a un periodista local.

Estos son los lideres que habían prometido llevar a cabo una actividad pacífica y de altura.

Pocas horas antes del inicio de la actividad, un representante del Colegio de Abogados había advertido que un grupo de abogados estaría allí para garantizar los derechos de los manifestantes. Este comentario merece un análisis más detallado que se hará mas adelante.

Cuando la misma estación de radio preguntó a Rafael Feliciano, el Presidente de la Federación de Maestros, acerca de su opinión de estos dos incidentes, el ‘educador’ justifico ambos actos como perfectamente aceptables.

Según Feliciano, los estudiantes no eran vándalos y sus actos no eran daño a la propiedad. Eran más bien expresiones artísticas y manifestaciones legitimas de libertad de expresión.

Sobre los gritos de asesino en contra del Superintendente de la Policía, decía que eso estaba bueno porque él había sido parte del FBI, que en su opinión asesinó a Filiberto Ojeda.

Si estos comentarios vinieran de cualquier Juan Lana en la calle pues quizás se podían ignorar. Pero viniendo de un hombre que supuestamente es más que un simple educador, un líder magisterial, merece un análisis más cuidadoso.

Para comenzar tenemos que denunciar esos comentarios como irracionales, irresponsables y anti-éticos.

Primero analicemos la lógica detrás de los gritos de asesino en contra del Superintendente. Supongamos para efectos de argumento que en efecto el FBI asesinó a Filiberto Ojeda Ríos, algo que a esta fecha es completamente debatible. Pero supongamos que fue cierto. ¿Implica esto que el nuevo jefe de la policía es un asesino? ¿Estuvo él a cargo de la agencia federal cuando ocurrieron los hechos? No. Fue él personalmente responsable de lo ocurrido en Hormigueros? Tampoco.

Siguiendo esta lógica chapucera de Feliciano, podemos acusarlo a él de pedófilo si a un maestro federado se le acusa de pedofilia. Siguiendo esa lógica podemos acusar al secretario de salud de negligencia criminal si uno de sus médicos comete un ‘malpractice’ en el ejercicio de su deber. Absurdo, ¿verdad?

 

 

 

 

Uno esperaría que una persona que ocupa una posición tan importante entre los educadores boricuas fuera más cuidadosa en su análisis. Gritarle asesino a un funcionario público sin más evidencia que su fanatismo ciego e irracional es un soberana poca vergüenza y dice más de los que están gritando que del superintendente.

Sobre la libertad de expresión de los vándalos universitarios y su necesidad de expresarse artísticamente podemos preguntar los siguiente, ¿cómo reaccionaría Rafael Feliciano si alguien decidiera expresar su musa artística sobre las paredes de su casa o el bonete de su auto?

¿Se sentaría Feliciano en una cómoda silla a admirar los interesantes matices de amarillo y anaranjado junto al fino contraste de sombras de los diseños que ahora adornan sus paredes? No creemos que esa sería la reacción de Feliciano. Más bien creemos que haría lo que cualquier persona razonable haría.

Llamarían la policía para denunciar a los maleantes. Pero claro, la deshonestidad intelectual de líderes como Feliciano lo obliga a andar con dos varas, siempre dos varas. Una es para medir las pocas vergüenzas de los opositores y otra para medir los desmadres de los suyos.

Esa falta de honestidad intelectual es la que contamina el debate público puertorriqueño y evita la comunicación inteligente y civilizada.

Una de las razones por la que los agentes a menudo evitan a toda costa confrontaciones con los desordenados en actividades como ésta, es por la actitud de individuos como Feliciano e instituciones como el Colegio de Abogados.

¿Recuerdan lo que el Colegio dijo que iba a hacer? Ellos estarían allí para defender los derechos de los manifestantes. ¿Y qué hay de los derechos de las demás personas presentes? Si un mocoso enmascarado insulta a los agentes del orden público gritándole cerdo y violando la ley usando mascaras, un delito menos grave, y dañado la propiedad, ¿quién defiende los derechos de los agentes?

En estos casos, lo que a menudo ocurre es que los delincuentes reciben una batería de abogados gratis, pro-bono, de parte de los sectores independentistas, mientras que el estado tiene que gastar miles o decenas de miles de dólares para procesarlos. Dada esa situación, las autoridades a menudo respiran profundo y aguantan los insultos y vituperios. A unas semanas de la bochornosa conducta de los cobardes enmascarados y la conducta grosera y violenta de algunos líderes obreros, nadie ha denunciado los argumentos absurdos de Feliciano.

Si esto es lo mejor que el liderato magisterial y obrero puertorriqueño puede producir que Dios nos coja “confesaos”.

  

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